El ambón no es un mueble: es un lugar litúrgico.
Ha de ser un lugar monumental, elevado y fijo —no un simple atril—, diseñado en conformidad con la estructura de la iglesia y en proporción y armonía con el altar. Debe estar dotado de la adecuada disposición y nobleza, corresponder a la dignidad de la Palabra de Dios y favorecer del mejor modo posible su proclamación, así como la audición y la atención por parte de la asamblea (funcionalidad, tamaño, forma y ergonomía).
El ambón, juntamente con el altar, representa visualmente el sentido teológico de la doble mesa: la mesa de la Palabra y la mesa de la Eucaristía.
La proclamación de la Palabra de Dios es siempre una proclamación pascual: cuando se proclaman las Escrituras, se anuncia a Cristo y su misterio pascual, culmen de toda la historia de la salvación. Por eso, el ambón, como monumento litúrgico, se relaciona con el misterio de la Resurrección de Cristo.
El ambón evoca la imagen del sepulcro vacío y la piedra sobre la cual se sentó el ángel para anunciar a las mujeres la gozosa noticia de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Es, en este sentido, icono del Santo Sepulcro: como icono espacial del sepulcro vacío, es testimonio de la Pascua y monumento a la Resurrección de Cristo.
Este valor simbólico se manifiesta también en la relación del ambón con el candelabro para el cirio pascual y en el hecho de que desde él se cante el Pregón Pascual. A esta misma simbología puede remitir la presencia del águila, símbolo del discípulo amado, testigo ocular del sepulcro vacío (cf. Jn 20,8).
El ambón no es, por tanto, un objeto o un mueble destinado simplemente a cumplir una función. Tampoco es el lugar desde donde se habla durante la liturgia, sino el lugar litúrgico propio de la Palabra de Dios proclamada en la celebración.
Es monumento porque, con su presencia elocuente en el espacio litúrgico, anuncia la Resurrección del Señor incluso cuando nadie está proclamando la Palabra. El ambón habla por su misma naturaleza. Como anámnesis icónica —memorial— de la Resurrección, no solo sirve para anunciarla: es anuncio de la Resurrección.
El ambón es también expresión espacial del amor a la Palabra de Dios proclamada en la liturgia. La importancia concedida a este lugar manifiesta la importancia que se reconoce a la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia.
Su carácter monumental implica que sea noble, notable y de dimensiones adecuadas; que ocupe un lugar propio y significativo dentro del espacio litúrgico y atraiga la mirada por su belleza, dignidad y presencia.
«Para que el ambón ayude lo más posible en las celebraciones, debe ser amplio, porque en algunas ocasiones tienen que estar en él varios ministros» (Ordenación de las Lecturas de la Misa, 34).
Se requiere también un espacio suficientemente amplio alrededor del ambón para permitir la procesión con el Evangeliario, en la que participan los ministros que portan los candeleros y el incienso. Asimismo, debe ser accesible a ministros que utilizan silla de ruedas o presentan movilidad reducida.
Con el paso de los siglos y la progresiva privatización de la liturgia, disminuyó la participación activa de la asamblea y perdió importancia la proclamación de la Palabra dentro de la celebración litúrgica. El ambón fue quedando así relegado hasta desaparecer progresivamente de muchas iglesias.
Con el tiempo surgieron los púlpitos, que no eran propiamente el lugar litúrgico de la Palabra, sino el lugar de la predicación, realizada con frecuencia fuera de la misa o en un momento distinto de la celebración. El lugar de la Palabra fue sustituido así por el lugar de la predicación: un espacio catequético y magisterial desde el cual se enseñaba al pueblo la doctrina de la Iglesia.

El ambón no es un mueble: es un lugar.

El ambón es un lugar monumental, elevado y fijo (no un simple atril).

Diseñado en conformidad con la estructura de la iglesia.

En proporción y armonía con el altar.

Dotado de la adecuada disposición y nobleza.

Que corresponda a la dignidad de la Palabra de Dios.

Que ayude lo mejor posible a la proclamación de la Palabra y favorezca la audición y la atención por parte de la asamblea (funcionalidad, tamaño, forma y ergonomía).

El ambón, juntamente con el altar, representa visualmente el sentido teológico de la doble mesa de la Palabra y de la Eucaristía.

La proclamación de la Palabra de Dios es siempre una proclamación pascual: cuando se proclaman las Escrituras, se anuncia a Cristo y su misterio pascual, culmen de toda la historia de la salvación.

Por eso el ambón como monumento litúrgico se relaciona con el misterio de la Resurrección de Cristo.

Por lo tanto, el ambón debe traer a la mente la imagen del sepulcro vacío, la piedra sobre la cual se sentó el ángel para anunciarles a las mujeres la gozosa noticia de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte.


El ambón es el icono del Santo Sepulcro.



El ángel hizo rodar la piedra y estaba allí, después, anunciando la resurrección del Señor a las mujeres miróforas…

El ambón —como icono espacial del sepulcro vacío— es testimonio de la Pascua y monumento a la Resurrección de Cristo.

Este valor simbólico del ambón como monumento a la Resurrección de Cristo lo subraya el hecho de que junto a él se coloque el candelabro para el cirio pascual…

… y que desde el ambón se cante el Pregón Pascual.


… y la presencia del águila, símbolo del discípulo amado, el testigo ocular del sepulcro vacío (Jn 20, 8).

El ambón no es un objeto ni un mueble que sirva sólo para desempeñar una función. No es el lugar desde donde se habla durante la liturgia, sino el lugar litúrgico de la Palabra que es proclamada en la celebración del rito cristiano.

El ambón es monumento porque —con su presencia elocuente en el aula litúrgica— anuncia la Resurrección del Señor también cuando nadie está proclamando la Palabra.



El ambón habla por su misma naturaleza. En cuanto anámnesis icónica (memorial) de la Resurrección, el ambón no sólo sirve para anunciar la Resurrección: es el anuncio de la Resurrección.



El ambón es la expresión espacial del amor a la Palabra de Dios proclamada en el contexto litúrgico.

La importancia que se da a este lugar expresa la importancia que se da a la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia.



Monumento significa majestuoso, grande, notable, de dimensiones magníficas, que ocupa un lugar específico y especial en un espacio, atrayendo las miradas por su belleza, por su nobleza y su grandiosidad.

«Para que el ambón ayude lo más posible en las celebraciones, debe ser amplio, porque en algunas ocasiones tienen que estar en él varios ministros» [Ordenación de las Lecturas de la Misa 34].

Se requiere de un espacio amplio alrededor del ambón para permitir la procesión con el Evangeliario, en la que participan los ministros que portan los candeleros y el incienso; y debe ser accesible a ministros que utilizan silla de ruedas o presentan movilidad reducida.

Conforme pasaron los siglos y la liturgia se fue privatizando, la asamblea deja de participar activamente, desaparece proclamación de la Palabra en la celebración litúrgica y entonces el ambón aparece como un lugar inservible y desaparece progresivamente.


Con el tiempo surgirían en las iglesias los púlpitos, que no son lugar de la Palabra, sino de la predicación, que no se hacía dentro de la misa, sino paralelamente a ella o en otro momento.




El lugar de la Palabra se sustituye por el lugar de la predicación, el lugar catequético y magisterial desde el que se enseña al pueblo la verdadera doctrina de la Iglesia. La tribuna para una oratoria que se espera elocuente y florida.