La sede es el lugar de la presidencia litúrgica. Como todos los lugares de la celebración, tiene una función y un significado simbólico. Ambos se complementan.
En el aspecto funcional, la sede ha de ser visible. El ejercicio del ministerio de la presidencia requiere cercanía y conexión con el resto de la asamblea, tanto acústica como visual, de modo que se facilite la comunicación entre el sacerdote y los fieles.
No debe estar tan alejada que impida esa cercanía con la asamblea, ni dar la impresión de que está separada o por encima de ella. Quien preside la celebración forma también parte de la asamblea litúrgica y ejerce un ministerio a su servicio: el de la presidencia.
La sede no es un elemento meramente funcional para sentarse, sino un lugar simbólico y sacramental. Es el icono «espacial» de Cristo, Cabeza y Pastor, realmente presente en la celebración litúrgica de su Iglesia. Desde ella, Cristo mismo congrega a su Iglesia y preside su oración.
Debe distinguirse por su diseño de los asientos de los demás ministros, evitando toda apariencia de trono. Ha de ser un lugar sencillo y digno, que exprese la autoridad como servicio.
Además de los tres lugares litúrgicos fundamentales (altar, ambón y sede), conviene reservar en el presbiterio un espacio para los asientos de los sacerdotes concelebrantes y para la credencia.
El presbiterio no es un lugar exclusivo de los presbíteros, sino también de todos aquellos que ejercen algún ministerio en la celebración: lectores, monaguillos, ministros extraordinarios de la Comunión y sacristán.
Para los demás ministros, las sillas han de colocarse de tal manera que se distingan claramente de las del clero y les permitan cumplir con facilidad el ministerio que se les ha confiado (IGMR 310).

La sede es el lugar de la presidencia litúrgica. Como todos los lugares de la celebración, tiene una funcionalidad y un significado simbólico. Ambos se complementan.

En lo funcional, la sede ha de ser visible. Ejercer el ministerio de la presidencia requiere una cercanía y una conexión con el resto de la asamblea, tanto acústica como visual, y que no haga difícil la comunicación entre el sacerdote y la asamblea.

No debe estar tan alejada que impida esa cercanía con la asamblea, ni dar la impresión de que está separada o por encima de ella.


Quien preside la celebración forma parte también de la asamblea litúrgica y ejerce un ministerio a su servicio: el de la presidencia.

No se trata de un elemento meramente funcional para sentarse, sino de un lugar simbólico y sacramental. Es el icono ‘espacial’ de Cristo, cabeza y pastor presente realmente en la celebración litúrgica de su Iglesia. Desde él, Cristo mismo congrega a su Iglesia y preside su oración.

Debe distinguirse por su diseño del asiento de los otros ministros, evitando toda apariencia de trono.

Ha de ser un lugar sencillo y digno, que exprese la idea de autoridad como servicio.

Además de los tres lugares litúrgicos fundamentales, conviene reservar en el presbiterio un espacio para los asientos de los sacerdotes concelebrantes y para la credencia.

El presbiterio ya no es un lugar exclusivo de los presbíteros sino también de todos aquellos que ejercen algún ministerio en la celebración: lectores, monaguillos, ministros extraordinarios de la comunión y sacristán.

Para los demás ministros, las sillas han de colocarse de tal manera que se distingan claramente de las sillas del clero y que les permitan cumplir con facilidad el ministerio que se les ha confiado (IGMR 310).
IGMR 310. La sede del sacerdote celebrante debe significar su ministerio de presidente de la asamblea y de moderador de la oración. Por lo tanto, su lugar más adecuado es vuelto hacia el pueblo, al fondo del presbiterio, a no ser que la estructura del edificio u otra circunstancia lo impidan, por ejemplo, si por la gran distancia se torna difícil la comunicación entre el sacerdote y la asamblea congregada, o si el tabernáculo está situado en la mitad, detrás del altar. Evítese, además, toda apariencia de trono.